EVOLUCION DE LOS PARTIDOS POLITICOS
En nuestro país, no sorprendería afirmar que los partidos políticos son débiles y no se encuentran firmemente enraizados en la población. De acuerdo con el Latinobarómetro 2005, sólo un 53% de la población considera que no puede existir una democracia sin partidos. Sin embargo, ¿hasta qué punto la desilusión con los partidos es un fenómeno global? En el tema del mes de junio, un breve análisis sobre la situación de los partidos políticos.
Los partidos políticos cumplen una función fundamental para el desarrollo de la democracia. Si uno considera que más democracia significa la inclusión de más sectores marginados –sus demandas y formas de ver el mundo-, entonces los partidos han sido los vehículos imprescindibles. De acuerdo con Seymour Martín Lipset y Stein Rokkan, “los partidos han servido como agentes esenciales de movilización, y así han ayudado a integrar comunidades locales a la nación”. No obstante, una caracterización de esta índole puede agotarse con lo que han sido considerados “partidos de masas”.
Los partidos de masas son asociados a la política de plazas, a los líderes refiriéndose a los grandes planes para la nación desde un balcón, a la inclusión de grandes sectores de la población históricamente fuera de la esfera política, como por ejemplo, los obreros. ¿Qué pasa en la época actual con el sufragio universal que, al menos formalmente, nos hace a todos ciudadanos y a todos nos da el derecho de participar activamente en la política? ¿Qué pasa ahora que la política se desarrolla en la televisión, y la imagen del candidato puede determinar el resultado de una elección? No es claro a quién representa cada partido – sólo recordemos las más de 20 opciones a las que nos enfrentamos el 9 de abril pasado. Es lugar común plantear que los partidos están en crisis, y se han desarrollado mecanismos para disminuir las consecuencias de esa crisis, como la Ley de Partidos Políticos.
Los partidos han cambiado. Sin embargo, no necesariamente han cambiado para mal, como muchos pueden pensar, añorando el período de los partidos de masas. Según Bernard Manin, la representación política no se encuentra en crisis, más bien está atravesando un período de cambio. Sería un cambio similar a la crisis de una primera forma de representación política, el parlamentarismo, a fines del siglo XIX.
¿Reviviendo una crisis?
Manin plantea cuatro principios de la representación, los cuales son aplicados a tres formas ideales de gobierno representativo. Estos principios se resumen en:
1. Los gobernantes son elegidos por los gobernados a intervalos regulares.
2. Los gobernantes conservan un margen de independencia con respecto a los gobernados.
3. La opinión pública se puede expresar fuera del control de los gobernantes.
4. La decisión colectiva es tomada al término de la discusión.
El primer tipo ideal de gobierno representativo según Manin es el parlamentarismo. Este tipo se refiere al gobierno de notables. Respecto al primer principio, se encuentra que son las relaciones individuales de confianza las que llevan a los gobernantes al poder, antes que por sus relaciones con otras organizaciones políticas. El gobernante elegido no es portavoz de sus electores, más bien es “su hombre de confianza”, por lo que es libre de votar en el Parlamento según su conciencia. Sobre la opinión pública, se considera que pueden existir diferencias entre la opinión pública y la agenda parlamentaria. Respecto al último principio, el Parlamento en una instancia plena de deliberación, ya que los elegidos no están sujetos por mandato imperativo (no son portavoces de sus electores).
En el segundo tipo ideal de gobierno representativo encontramos a los partidos de masas. Se denomina “democracia de partidos”, y sería un segundo momento en el desarrollo de la representación política. Esto implica que no es la situación perfecta de la representación, un factor importante a tomar en cuenta ante la nostalgia por los partidos de las masivas incorporaciones. En este tipo de representación, el gobernante no es elegido sobre la base de sus relaciones individuales de confianza, ya que resulta imposible dada la ampliación del derecho al sufragio. En este momento, los gobernantes son elegidos por una comunidad partidaria; es decir, no votan por un hombre, sino por un partido.
El representante elegido no tiene la independencia que ostentó en el tipo ideal anterior, ahora se encuentra sujeto al partido por el que fue elegido, y de acuerdo con Manin, el Parlamento se convierte en el lugar “donde se refleja o se registra una relación de fuerzas entre diferentes intereses sociales”. Respecto al principio de la opinión pública, en este tipo ideal no existe una opinión pública que no esté relacionada de alguna forma con el partido. Por lo tanto, encontramos una división entre la opinión oficialista, y la opinión de la oposición. Finalmente, la deliberación se desarrolla en los congresos partidarios, antes que en el mismo Parlamento, y una vez que sienta una posición respecto a un tema, el representante no cambia de opinión dentro del Parlamento.
El tercer tipo ideal de representación política es el período que estamos viviendo actualmente. Es la democracia de lo público según Manin. Las características que describen este momento nos son más que conocidas, e incluso las vivimos por partida doble en los dos últimos meses. El votante elige a su representante a través de la confianza que se determina por las diferentes escisiones sociales. Éstas se diferencian de las escisiones en el período anterior en el hecho de dejar de ser irreconciliables, y más bien variar con cada proceso electoral. Son múltiples, y los candidatos buscan acentuar la que creen atraerá a la mayor cantidad de electores. La independencia de los gobernantes respecto a los gobernados se ve limitada por las “imágenes” –que son construcciones simplificadas- de lo que son y serán los gobernantes y los partidos.
La opinión pública ha encontrado un nuevo canal de expresión a través de las encuestas, lo que permite una presencia constante de la voz de los electores durante el gobierno. Los medios de comunicación masivos han pasado a ser canales de formación de la opinión pública relativamente neutros –ante la declinación de la prensa partidaria-. Esto último ha determinado que los electores obtengan información concerniente a sus candidatos preferidos de las mismas fuentes, homogeneizando de cierta forma las percepciones más allá de las preferencias partidarias. Por otro lado, las deliberaciones se trasladan al electorado, en función de la volatilidad del voto que determina que los electores discutan antes de votar ya que se ven expuestos a diferentes imágenes en cada proceso electoral.
¿Qué sucede entonces?
Siguiendo la propuesta de Manin, ¿qué podemos decir respecto a la crisis de los partidos? ¿Es realmente una crisis o es más bien un proceso de cambio? No se puede negar que una situación donde los partidos se construyen con el fin de llegar a algún puesto en el Estado, la ciudadanía no sólo verá con desconfianza a los partidos políticos, sino que además los considerará como innecesarios. Esta percepción en sí misma constituye un crisis de los partidos políticos. No obstante, sin dejar de considerar las responsabilidades de los miembros de los partidos, esta crisis también puede estar determinada por un contexto en el que una gran división social deja de ser determinante como en el período de los partidos de masas. Ya no se encuentran oposiciones irreconciliables, y más bien las oposiciones giran alrededor de cuestiones más pragmáticas.
Como se mencionó anteriormente, tampoco puede ignorarse las actuaciones de los miembros de los diferentes partidos. Por ejemplo, cuando los gobernantes prometen programas de gobierno de izquierda, pero luego implementan medidas de derecha, o dejan de existir opciones consolidadas de izquierda y/o derecha –la izquierda responsable o la derecha liberal-, el elector pierde la confianza en las organizaciones políticas. Esta situación abre la puerta para los partidos “atrapa-todo”, que son los que abundan sin duda en el Perú. Estos partidos no tocan temas “sensibles”, sino más bien articulan propuestas que convocan a electores de todos los sectores posibles. Una clara muestra de los partidos “atrapa-todo” son los cambios de discurso que hemos podido observar durante las campañas electorales.
Un electorado con mayores niveles educativos, el predominio de los medios de comunicación, y con demandas que no encuentran expresión han determinado que el ciudadano promedio se sienta desencantado con la política, y por lo tanto, con los partidos. No obstante, es posible, como resalta Alessandro Pizzorno, que los partidos de masas hayan sido una excepción en la historia política de la humanidad, es decir, que una vez incorporados ciertos sectores de la sociedad, dichos partidos tenían como destino desaparecer.
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